
Eran las 6:15 de la mañana del miércoles 29 de octubre de 1941, que la locomotora N.º 24 salió desde la estación (actual ciudadela ferroviaria de Guayaquil) para cumplir su ruta habitual del “Ferrocarril a la Costa”, un servicio destinado al transporte de carga y pasajeros entre la ciudad y los poblados de la franja costera.
Al mando iba el experimentado maquinista, don Enrique Banchón Cruz, acompañado del fogonero de apellido Flores.
La máquina arrastraba un convoy compuesto por un vagón de carga, una amplia plataforma utilizada para trasladar a numerosos trabajadores de la Fábrica de Cemento San Eduardo, además de cuatro coches de pasajeros y dos vagones auxiliares.
En total, más de doscientas personas viajaban esa mañana. La locomotora ingreso al puente de madera que cruzaba el Estero Salado; al recorrer apenas cincuenta metros sobre la estructura, el enorme peso de la locomotora puso a prueba las antiguas vigas y pilotes del viaducto, los cuales —deteriorados por los años, la humedad y la falta de mantenimiento— cedieron abruptamente.
El puente se quebró en su parte central y, en cuestión de segundos, la locomotora N.º 24, su maderamen y varios vagones se desplomaron hacia las frías aguas del Estero Salado, arrastrando consigo a los pasajeros que iban en la plataforma y en los primeros coches; que por esa razón se salvaron de morir, además la marea se encontraba baja;muchos ocupantes lograron escapar por sus propios medios o fueron auxiliados por habitantes de la zona, pescadores y personal ferroviario que acudió rápidamente al lugar.
Así, la mayoría de los viajeros pudo ser rescatada, a pesar del caos y el peligro que representaban los restos hundidos del puente y del tren.
No tuvieron la misma suerte, el maquinista Enrique Banchón Cruz y el fogonero Flores, quienes quedaron atrapados dentro de la locomotora y perecieron ahogados, convirtiéndose en las dos únicas víctimas fatales del siniestro.
Sus cuerpos, arrastrados por las aguas oscuras de este brazo del gran río, tardaron días en ser recuperados, quedaron sus nombres inscritos en una de las más tristes páginas del transporte ferroviario ecuatoriano.
Tomado del libro:
EL FERROCARRIL ECUATORIANO
Vida, Pasión y muerte. En proceso de edición, quienes deseen integrarse, con sus valiosos aportes producto de sus experiencias, serán bienvenidos.
Esta tragedia relatada, es una metáfora, de la trayectoria seguida por el sistema ferroviario, la falta de visión de los gobernantes de turno,para tomar la decisión de rehabilitar el ferrocarril.